Lo estoy observando, está hablando solo, sentado en el sillón de su sala. Así es, Santiago mi vecino se encuentra compartiendo palabras con alguien que no está en casa. Él se da cuenta que lo observo, me volteo rápido y sigo con lo que hacía.
Santiago tiene mi atención mucho tiempo de mi día, creo que por los pasillos de mi colegio lo llaman amor, pero no estoy segura de qué sea el sentimiento que me hace observarlo a escondidas.
Normalmente tomamos el camión juntos, pero él nunca me voltea a ver. En la parada siempre observa mis pies, creo que mis zapatos son algo ridículos para él. El primer día que tomamos el camión juntos descubrí su nombre, el llevaba un libro que decía Santiago.
En el colegio nadie le hace caso, camina sin ser notado, pero tiene que haber una razón para que sea así. Vaga como si estuviera vacío, como si no tuviera nada en la cabeza en ningún momento, como si estuviera completamente en otro planeta.
La mamá de Santiago siempre se ausenta, comienzo a sospechar que planea algo contra el mundo. El papá de Santiago nunca ha aparecido, dicen que la mamá lo busca por todo el país.
A veces Santiago sale a jugar al patio, siempre habla solo. He imaginado a Santiago con la nueva tecnología del futuro, en su cerebro un chip integrado con una bocina, él nunca hablaría sólo de esa forma, simplemente hablaría con alguien a través de comunicación ‘’móvil’’. Pero creo que no es así, él si habla sólo la mayoría de las veces.
Santiago desapareció de mi vida hace unos días y cuando lo volví a encontrar el se encontraba con una nueva chica, creo que ya no volverá a hablar sólo. La nueva chica no parece buena, tiene aspecto de una persona con malas intenciones, realmente no comprendo como un niño bueno como Santiago puede hablar con ese tipo de chica.
Una mañana salí a jugar con el balón que mi mamá compró, lo estrenaba, quería ver que tanto rebotaba. Santiago se acercó por primera vez y preguntó mi nombre, tenía miedo de responder, no sabía que decir, me quede en un estado que tiene un nombre raro, aún no sé cuál es. Respondí lo primero que se me vino a la mente.
-Me llamo Sofía, pero me puedes llamar Sofi.
Se quedó callado, me observaba de una forma extraña. Hasta que por fin salió de su boca
-Me llamo Santiago. Yo le respondí que ya lo sabía y él quedo rojo.
Me preguntó si podíamos jugar con el balón nuevo, que tenía un lindo aspecto, que el color rojo era su favorito. Así fui conociendo a Santiago con cada palabra que se quedaba plasmada en mi memoria.
Santiago seguía viendo a esa chica, nunca hablaba de ella pero yo los observaba, ella jugaba a la mamá con él, bueno al menos eso parecía desde la ventana.
Y así fueron pasando los días, los jueves jugábamos a la pelota, lo martes al té, los miércoles a la casita y los lunes hablábamos sobre las cosas que veíamos en la tv los fines de semana.
Santiago me invitó a vivir en el cielo, a tocar las nubes y a recorrer el arcoíris, pero dudé mucho que sucediera, mi familia era de poco dinero.
Mamá me regañaba eventualmente por mi comportamiento, decía que ya no me relacionaba con personas, que mis malas notas estaban afectándome y que tenía mala actitud. Claro, cómo no iba a ser así, si todo el tiempo Santiago estaba en mi mente, el tenía mi total atención y no pensaba en retirarla.
Una noche volví a encontrar a Santiago hablando sólo, pero ahora estaba enojado, con mala actitud, le gritaba a alguien que no se encontraba. Esa noche tuve miedo, no pude dormir bien, soñaba con que Santiago me gritaba y se enojaba por qué olvidé el martes de té. Al día siguiente agarré mis tazas y se las regalé, el pareció sorprendido, nunca quería olvidar el martes de té y si lo olvidaría tendría la escusa de que él tenía las tazas.
En la escuela nadie me hablaba, sólo compartía el lunch con Santiago, le encantaban los sándwiches que preparaba mi mamá con mostaza de miel.
Un día en la parada esperaba a Santiago pero él nunca apareció, ese día fui sola a la escuela, no compartí mi lunch, ni siquiera probé bocado del famoso sándwich. Me extrañó no encontrarlo en la sala, parecía que se lo había tragado la tierra, no lo encontraba. Tuve miedo, no quería que le pasara nada, entonces decidí ir a su casa a buscarlo, toqué la puerta pero nadie contestó, pensé en quedarme a esperarlo pero cayó la noche y moría de frío. Me retiraba del lugar con la cara vacía, con expresión de perrito mojado, pero él estaba ahí en medio de la calle bañado de tierra, lo miré con cara de felicidad y él me contó que se peleó con uno de sus peores enemigos, yo no sabía que decir, nunca pensé que tuviera amigos y menos enemigos. Dudé en preguntar qué sucedió, mis palabras salían de formas desordenadas, solo quise que se bañara porque tenía totalmente mal aspecto, así que me retiré y entré a mi hogar. Mi mamá preguntó que por qué estuve todo el día en casa de la vecina, yo le respondí que estaba esperando.
Mamá creo que tomó muy en serio algunas cosas, me mandó con un Doctor, al día siguiente después de la escuela lo visité. El doctor preguntó algunas cosas extrañas y me hizo descifrar algo que tenía aspecto de animales con manchas en hojitas de papel. Cuando terminó el doctor de hablar conmigo decidió que mamá debía hacerlo, creo que le dijo que estaba totalmente sana, no necesitaba que el doctor me curara de la enfermedad. Regresé a mi casa y le conté a Santiago sobre el doctor, Santiago tenía miedo de los doctores, decían que eran completamente malos, pero insistí con que no, Santiago juró que si mamá hablaba con el doctor ya nunca más lo volvería a ver, que harían que deje de verlo, pero rápidamente le saqué esa patética idea de la cabeza.
Una mañana encontré a mamá y papá hablando sobre la esquizofrenia, tiene un nombre raro y chistoso, pero las consecuencias no son muy buenas, escuché que mamá decía que los síntomas de la esquizofrenia eran mala actitud, ideas delirantes, alucinaciones, etc. No me preocupé tanto, solo tomé nota cerebral y fui directo a la casa de Santiago.
-Santi, creo que necesito decirte algo necesario.
-Dime Sofi.
-Santi creo que tienes esquizofrenia.
-Hahaha, Oh vamos Sofi, eso no es sierto.
-Escuché a mi papá y mamá hablar sobre los síntomas y creo que tienes algunos.
-Sofía eso es imposible en serio.
-Ok, como digas…
Santi nunca creyó que me preocupara tanto en él, nunca creyó que estuviera segura que tuviera una enfermedad llamada esquizofrenia.
Un día desperté y el lugar no era el mismo que mi cuarto, las paredes eran blancas, empecé a gritar por qué estaba ahí, Santiago me acompañaba, tenía mala actitud. Santiago me empezó a gritar que nunca debí confiar en el doctor, que me lo advirtió muchas veces. En el cuarto entraron 2 señoritas parecidas a enfermeras a darme unas pastillas con agua, Santiago me gritaba desde el otro extremo del cuarto que no debía consumirlas y le obedecí, tiré las pastillas y decidí escapar, pero era imposible, a donde fuera siempre llegaba al mismo lugar, me lograron alcanzar y me hicieron dormir. Al día siguiente seguía ahí, también Santiago se encontraba, él seguía molesto. Regresaron las enfermeras me obligaron a tomar las pastillas rojas que parecían pequeño botones de mi chaqueta de manga corta. Santi grito por última vez, me prometió que si seguía con eso jamás volvería a verlo. Santi lo cumplió, se desvanecía como iba avanzando el tiempo en ese cuarto blanco, mientras iba consumiendo los botones rojos esos días… hasta que un día Santi desapareció completamente.
A veces lo extraño, me hacía sentir bien, aprendí lo que pude llamar amor hasta el momento donde desapareció. Mamá cuenta que ya no veré a Santi jamás, pero prometo que nunca lo olvidaré y mucho menos lo dejaré de amar.
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